Fotografía por @mandosor | Instagram.

Comenzar una actividad, sea la que sea, trae consigo expectativa e ilusión. Sin embargo, si perdemos el primer impulso que nos lleva a decidir realizar algo nuevo, podemos enfrentarnos a las preguntas, situaciones y problemas que nos plantea nuestra mente y que nos pueden convencer de desistir. A mí me ha pasado en numerosas oportunidades, por eso quiero compartir estos seis obstáculos mentales que he identificado al comenzar mis proyectos y cómo he logrado vencerlos.


Dicen que una de las cosas más difíciles a las que nos enfrentamos en la vida es a tomar decisiones, siendo además la acción que más comúnmente realizamos, algunas veces sin darnos cuenta. Tan es así que hoy en día puedes conseguir numerosas formas de aprender cómo decidir de forma efectiva y asertiva, de fácil acceso y con un abanico de opciones que lo hacen accesible para todos. Sin embargo, no son las decisiones las que me llaman la atención (al menos en esta publicación), sino la inminente situación que viene luego: comenzar.

Y es que, para una persona como yo, la perspectiva de iniciar un nuevo proyecto resulta muy atractiva. Es el ambiente perfecto que te permite idear, planificar, dar rienda suelta a tu creatividad y traer al presente el futuro que deseas. Es, en definitiva, de las mejores cosas que podemos hacer los que nos consideramos soñadores. Lamentablemente, existe una distancia considerable entre nuestro idílico mundo de imaginación y la realidad sobre la que debemos plasmar nuestras ideas. Esto no sólo le ocurre a los soñadores; sin importar lo que caracterice tu personalidad, es muy probable que en ocasiones sientas una pequeña resistencia interna que te impide dar el primer paso y comenzar a concretar ese proyecto o idea que con tanto esmero (y compromiso) decidiste que realizarías.

Por ser una entusiasta de iniciar proyectos, quiero mencionar algunas de las situaciones a las que me he enfrentado a la hora de comenzar a ponerlos en marcha. Por supuesto, muchas de éstas las he revivido y otras las he descubierto mientras me decidía a abrir este blog, razón por la cual he querido que mi primera publicación se refiera a la dificultad de dar ese primer paso.

UNO. Seguramente es un capricho momentáneo, lo ignoraré – Temor a salir de la zona de confort

Vivimos bajo la falsa creencia de que tenemos el control de las cosas que hacemos, y en muchos casos de las que nos suceden. Dependemos en exceso de nuestra racionalidad, y por ello usamos el auto-convencimiento para dar respuesta (¿justificar?) todo tipo de acciones y decisiones. Entonces, si vivimos en un ambiente tan “estable”, no hay necesidad de que nos lancemos al abismo de la incertidumbre y desafiemos la tranquilidad en la que nos encontramos… ¡ERROR! No existe nada más nocivo para el crecimiento personal que quedarse por siempre en la zona de confort. Allí sólo logramos crecer como los animales en cautiverio, sin motivación ni expectativas, incapaces de disfrutar las cosas nuevas y limitados a lo que, a veces por voluntad propia, nos parece familiar. El resultado es que nos convertimos en personas inconformes, frustradas y resentidas, nos molestan las alegrías de la vida o el éxito de los demás. La zona de confort es un escalón que debemos alcanzar mientras subimos la cuesta de nuestro crecimiento personal; lo importante es considerarla una parte del proceso y no la meta en sí, pues de lo contrario terminará atrapándonos como una telaraña de la cual será cada vez más difícil escapar.

Personalmente, me encuentro bastante a gusto en la zona de confort y soy un poco reticente a arriesgarme. Sin embargo, en muchas ocasiones he logrado retar a mi comodidad, y la satisfacción personal de lograr algo que hasta hacía poco tiempo consideraba imposible es lo que me motiva a repetirlo. ¿Cómo lo he hecho? Pues como hizo Leonardo Di Caprio y Ken Watanabe en la maravillosa película “Inception”, with a leap of faith (con un acto de fe). Es como saltar al vacío y confiar en que todo va a salir bien, dejando que fluya mientras disfrutamos del camino. Elimino de mi mente los pensamientos de preocupación, los razonamientos de control, disminuyo las expectativas hasta el mínimo y permito que las cosas que van a pasar, sucedan. A pesar de que los resultados no son siempre los esperados, son positivos y con garantía de aprendizaje. Les recomiendo el vídeo “¿Te atreves a soñar?”, que aunque probablemente les es familiar por su popularidad en las redes sociales, vale la pena disfrutarlo una vez más.

DOS. ¿Lo habré pensado suficientemente bien? o la interminable revisión del perfeccionista – Temor al error

Equipo ordenado
Imagen obtenida en Unsplash

De acuerdo a la Real Academia Española, el perfeccionismo se define como la “tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”. Creo que todos, en algún momento, hemos pecado de esto en alguna actividad (sobre todo la escrita) en un momento de nuestras vidas. El problema de ello es que para nuestra mente el trabajo nunca está suficientemente elaborado, no dice con exactitud lo que queríamos transmitir, y las oportunidades de mejora se incrementan en la medida que volvemos a leer, así como si tenemos un buen día o amanecimos del lado correcto de la cama. Y es que nuestra mente es una máquina de generar ideas (aunque no seamos plenamente conscientes de ello), muchas de las cuales pueden aplicarse fácilmente a lo que hacemos, descartando el trabajo que habíamos realizado antes. El problema del perfeccionismo es que nos incrementa el tiempo que le dedicamos al trabajo de forma significativa, nos frustra porque no estamos satisfechos y podemos desmotivarnos al punto de desistir. Por eso, lo considero como un ciclo interminable que sólo puede superarse cuando nosotros decidimos ponerle punto y final.

En mi opinión, el perfeccionismo esconde el temor a equivocarnos. Pensamos que los errores nos condenan, y tendemos a ser muy duros con nosotros mismos cuando fallamos. La mente humana está programada para recordar mejor las malas experiencias en lugar de las buenas, porque es la forma evolutiva que tenemos para protegernos, evitando tropezar con la misma piedra dos veces (aun cuando no siempre funciona bien esto). Sin embargo, los errores son la oportunidad perfecta para aprender y mejorar. No sólo entendemos que lo que hicimos no ha sido lo más apropiado, además descubrimos cómo hemos respondido a la situación, y quizá hasta podríamos haber dado con una solución alternativa que no habíamos pensado antes. Si dejásemos de reprendernos por cada vez que nos equivocamos, seríamos mucho más asertivos y con mayor realización personal (y felices, ¡ni hablar!).

Ser perfeccionista es algo que caracteriza mucho mi personalidad, y no es sólo la respuesta que doy a la típica pregunta durante una entrevista de trabajo sobre mis “debilidades”. Nací con la capacidad de encontrar puntos de mejora a casi todo, y más de una vez esto ha jugado en mi contra. A pesar de ello, he intentado (con éxito) que no defina mi desempeño o que detenga el avance de mis proyectos. Cuando descubro que estoy en el ciclo del perfeccionista, simplemente acoto el tiempo para dedicarle a cada cosa, comprometiéndome a cumplirlo. Les puedo asegurar que aproximadamente el 90% del tiempo todo ha salido muy bien, y siempre termino con la misma reflexión: no debería gastar energía en angustiarme porque no me aporta más que tensión. Con esto no quiero decir que dedicar algo de tiempo a revisar lo que se hace sea contraproducente, todo lo contrario, ello puede ser un reflejo de nuestra responsabilidad y compromiso; sólo tómenlo con calma. Pueden utilizar la siguiente guía sobre “Cómo controlar el perfeccionismo” que me pareció interesante compartir con ustedes, por si les interesa, como a mí, mejoras esta característica que puede consumirnos.

TRES. ¿Y si a nadie le gusta (sólo a mi mamá) o tienen comentarios poco entusiastas? – Temor a la crítica

La tan temida y sobrevalorada opinión de los demás. Podría hacer una publicación exclusivamente sobre este tema, pero por ahora sólo quiero resaltar algunos puntos relacionados con quienes se atreven a comenzar. En este mundo 2.0., donde muchos de los nuevos proyectos se basan en alcanzar una masa crítica o una cantidad específica de seguidores / suscriptores, resulta complicado no pensar en la importancia que tienen las opiniones de los demás sobre el producto (sea una publicación, un blog, un canal de vídeo-tutoriales, una app, una empresa de consumo colaborativo, etc.) que pretendes hacer público. Ciertamente, es casi vital que un número significativo de personas se sientan atraídas por lo que haces, porque ello te garantiza continuidad y en algunos casos beneficios económicos. El problema radica en ese grupo de personas que por alguna razón parecen necesitar la validación de un montón de extraños para sentirse satisfechos, considerándolo a veces el móvil de su vida. Por esta razón es que hemos comenzado a ver, cada vez con mayor frecuencia y principalmente en adolescentes y las nuevas generaciones, casos de adicción a las selfies, a publicar cada paso de su vida en las redes sociales, o a medir el éxito en función de su popularidad en estos medios. Creo que debemos reflexionar sobre el riesgo (¿daño?) que estamos infligiendo sobre nuestras vidas al hacerlas mediáticas, a qué le estamos dando valor y qué cosechamos a futuro como individuos y como sociedad. Si no logramos un equilibrio, serán muchos los que sufrirán en su vejez de la soledad que les ha dejado sus vidas vacías.

Ego de Ratatouille
Anton Ego, crítico culinario de Ratatouille | Disney Pixar

Siento haberme desviado un poco del tema, pero era una reflexión que consideraba importante resaltar porque es algo que me preocupa. Ahora, volviendo a quienes comienzan y que probablemente no se identifiquen con ese grupo de personas, deben pensar que si bien la opinión de los demás es importante, no es lo único. Debes ser capaz de demostrar la confianza que tienes en ti, en tus ideas, en tus habilidades para que los otros puedan percibirlo y replicarlo. Sí, es cierto que hoy en día la mayoría de las cosas están inventadas, y que probablemente tu talento sea algo que compartes con una parte de la población mundial. Incluso, es posible que existan representantes importantes del área en la que has decidido comenzar, pero no dejes que eso te desanime porque el elemento diferenciador ¡eres tú! Realmente todos somos diferentes, por eso hacemos, pensamos, comunicamos, creamos y vivimos de distintas maneras. Debes saber sacarle provecho a esa ventaja y usarla a tu favor, dejando que la reacción del mundo a tus ideas sea la que deba ser, sin anticiparte a situaciones que probablemente ni siquiera lleguen a suceder. Como ha mencionado Aida en su post ¿Te afecta demasiado la opinión de los demás?, llega más alto el que hace oídos sordos a las críticas (necias) o el que las toma como motivación para seguir adelante.

CUATRO. ¡Pero mira a todo lo que me expongo! – Temor a arriesgarse

Muchas veces, comenzar una actividad supone entrar en lo desconocido, incluso ponernos en una situación de vulnerabilidad con la cual no todos nos sentimos muy a gusto. El problema es que nadie nos ha advertido que el iniciar algo está asociado a cosas positivas como la expectativa, la motivación y la ilusión, pero también a algo que no siempre sabemos llevar bien como lo es la incertidumbre. Nuestra incapacidad para prever el futuro nos lleva a agobiarnos porque, sin saber qué nos puede pasar, no podremos controlar las situaciones que se nos vienen encima. Y es que la incertidumbre es ese mundo desconocido del que no podemos saber nada, que varía constantemente para poner a prueba nuestra racionalidad, brindándonos un universo de posibilidades tan grande que no podemos entenderlo. Lo que busca es enseñarnos a seguir nuestros instintos, a confiar en nosotros mismos y en nuestras habilidades, pero sobre todo nos demuestra que podemos triunfar si dejamos que las cosas fluyan naturalmente y no nos empeñamos en controlar su destino. Para los católicos, es lo mismo que “el tiempo de Dios es perfecto” y básicamente lo que quiere decir es que “lo que es, será”.

A mí me ha llevado tiempo entender esto, pues controlar las cosas (o creer que lo hago) me hace sentir agradablemente segura. Sin embargo, he descubierto que en la medida que más lo intento se incrementa mi frustración, estrés e inconformidad por el resultado. No puedo describir con suficiente exactitud lo maravilloso que han sucedido los eventos en los cuales he cedido el control a la vida, eso sí, sin perder el impulso y las ganas de que se concretasen, pero quitando de mi mente los obstáculos que yo misma me imponía por querer que las cosas pasaran como yo lo deseaba. Esto no es algo que se aprende de la noche a la mañana, por el contrario, requiere un esfuerzo diario porque debemos reeducarnos, pero una vez que se logra y desde el primer día, es impresionante cómo todo cambia.

No debemos temer a arriesgarnos ni dejar que nos paralice, porque el sólo vivir implica riesgo. Muchas han sido las personas a través de la historia que, gracias a su audacia y tenacidad, han dado grandes aportes a la humanidad, de los cuales hoy nos beneficiamos. Seguramente vivieron momentos de ansiedad y temor, pero eso no les detuvo para seguir en sus esfuerzos, para beneficio de nosotros hoy en día. En el reportaje del diario El País “El riesgo es no arriesgarse” mencionan a algunos de estos grandes hombres de la historia, a la vez que buscan motivar a sus lectores para que pierdan el miedo por el riesgo. Es cierto que necesitamos prever las posibles situaciones desfavorables a las que nos enfrentaremos antes de comenzar una actividad, pero no podemos dejar que ellas se conviertan en la piedra de tranca que nos impida dar el primer paso. El riesgo que asumamos es una oportunidad para aprender, más allá de si “ganamos” o “perdemos”, y debemos ser valientes para seguir adelante con nuestro proyecto sin importar demasiado las dificultades que podrían (o no) aparecer.

CINCO. Tranquila, lo comienzas mañana – Amor a la procrastinación

¡Ah, mi favorito! Procrastinar, de acuerdo a la RAE, significa diferir o aplazar. Es lo que hacemos continuamente para no comenzar lo que hace tiempo decidimos que haríamos, y muchas veces no somos conscientes de que lo estamos utilizamos. El problema con la procrastinación, más allá de lo obvio, es que nos brinda la justificación perfecta para darle largas a lo que deberíamos estar haciendo, sin que nos sintamos culpables por ello. Así, ese informe para la universidad o la publicación del blog que se ha de entregar pronto puede esperar, porque tenemos cosas “más importantes” o que requieren nuestra atención inmediata, tales como responder (o sólo revisar) el whatsapp, ordenar la mesa y nuestros utensilios de trabajo, atender los llamados de nuestro estómago (¡vaya antojado!) o simplemente pensar la idea que queremos plasmar, y lo hacemos tan bien que nos quedamos en las nebulosas para darnos cuenta, cinco minutos después, que estamos pensando realmente en el próximo capítulo de nuestra serie de tv favorita.

Chico pensando
Fotografía por Tim Gouw | Unsplash

Todo lo que nos sirva para distraernos, siempre que parezca una actividad imperante y necesaria, será perfecta para diferir nuestras responsabilidades y compromisos un ratito más, hasta llegar al punto en el que simplemente abandonamos del todo la idea o ya sea imposible posponerla. A veces utilizamos la procrastinación para eludir un “problema” que vamos a tener que enfrentar, de cualquier modo, en un futuro cercano, o forzamos (sin sentido) nuestra capacidad para trabajar bajo presión, dejando todo para el último minuto. Esto nos lleva a estresarnos significativamente, a frustrarnos cuando nos damos cuenta que hemos perdido tiempo valioso y necesario, y en muchos casos a generar resultados mediocres que no se corresponden con lo que esperamos de nosotros mismos.

Son muchas las acciones que realizamos de forma casi natural y sin mucha consciencia para procrastinar, pero especialmente lo hacemos cuando nos enfrentamos a un reto, a algo que en cierta medida nos asusta o que nos hace dudar sobre nuestro desempeño. Es lo mismo que en algunos casos hacemos con los conflictos, preferimos escondernos o evitarlos antes de enfrentarlos. Así, cuando comenzamos un proyecto estamos ante la situación perfecta que nos llama a procrastinar (hasta el infinito y más allá), sobre todo si carecemos de la motivación y confianza suficiente para ejecutarlo. La mejor forma de vencer la procrastinación es obligarse, con cariño y sin imposiciones odiosas, a empezar pensando poco en lo que vendrá. Ser visionarios de nuestro proyecto siempre de forma positiva, apreciando todas las oportunidades que nos brinda y los puntos fuertes que tiene, pero sobre todo, enfrentándolo como una divertida aventura. Les dejo un artículo muy interesante sobre cómo vencer la procrastinación, que aunque largo, vale enormemente la pena leerlo; no sólo ofrece tips, sino a la vez nos hace reflexionar sobre este pequeño monstruo de nuestra mente que se puede convertir en un verdadero obstáculo si lo dejamos que crezca a dimensiones inimaginables: “6 formas de acabar con la procrastinación (que realmente funcionan)”.

SEIS. Esto es muy difícil, mejor no sigo y me ahorro disgustos – Temor al fracaso

Hemos sido criados para el éxito. Desde que somos pequeños nos premian cuando hacemos las cosas de forma correcta, cuando acertamos las respuestas en el cole o la universidad, o cuando resolvemos los problemas acertadamente. Como mencioné en un punto anterior de esta publicación, ahora con nuestra vida mediática queremos destacar públicamente en redes sociales por nuestros logros laborales, familiares, personales, de pareja, porque la validación que recibimos es el nuevo premio que aspiramos. Esto nos ha llevado a considerar al fracaso como una situación desagradable, donde te señalan por no hacerlo bien o te consideran un paria hasta que logres volver al carril del éxito. Todos somos cómplices silenciosos de este comportamiento, y estamos tan acostumbrados a él que lo seguimos difundiendo a las generaciones futuras. El rechazo al fracaso está tan arraigado en nuestra conducta que aun cuando nos dicen que “el camino al éxito está lleno de fracasos” no logramos entenderlo, y terminamos por auto-convencernos que ese dicho muy probablemente se refiere a “obstáculos” y no a fracasos en sí.

Esto lo hacemos porque fracasar es muy difícil, pone a prueba nuestra confianza, autoestima y habilidades, nos hace dudar y cuestionarnos cosas importantes a todo nivel. La realidad es que el fracaso no es más que un resultado adverso o contrario al que se esperaba; dicho de otra manera, es otra solución al problema que no habíamos considerado. Cuando fracasamos, percibimos la experiencia como negativa y tendemos a superarla de la misma forma que lo hacemos con un evento traumático, tal como de un accidente o una humillación. Sin embargo, hay quienes han aprendido a ver el fracaso como lo que es: una oportunidad para comenzar de nuevo, pero esta vez con la ventaja adicional del aprendizaje adquirido. Esto es lo que han sabido aprovechar los emprendedores para sus proyectos, así como todas las personas que consideramos “exitosas” a nuestro alrededor, desde los grandes empresarios hasta nuestros padres y abuelos, los verdaderos campeones de la vida. Por eso, cuando hayas decidido seguir un proyecto propio y temas fracasar, sigue el ejemplo de quienes han superado esos momentos difíciles sin desistir, pues ellos son la prueba viviente de que sí se puede a pesar de todos los obstáculos que puedan encontrarse.

Inspírate en quienes han creído en sus ideas, en los que han conseguido el propósito de su vida y no se han detenido por el miedo, porque aunque el camino tenga tropiezos, cuando llegues a tu meta la satisfacción y realización serán…¡incalculables! Aquí les dejo un TEDTalk que trata sobre cómo alcanzar lo que queremos, y algunos obstáculos que provienen de nuestra propia mente y nos limitan (recuerden darle click a los subtítulos para los que no speak English, la idea es que nos enteremos todos del mensaje). Es un vídeo largo pero altamente recomendado, de esos que te hacen reflexionar sobre la forma en que has llevado tu vida…hasta ahora.

No todas las personas son conscientes de lo que implica comenzar, y creo que por esa razón a veces somos tan crueles y duros con quienes lo han hecho, pues en el fondo admiramos la fortaleza y valentía que ellos tienen, queramos admitirlo o no. En el mundo hay espacio para todos, y cada uno tenemos la oportunidad de brillar por nuestra cuenta, es hora de hacerlo realidad. Esto es para quienes, como yo, han pasado por momentos de duda y dar el primer paso les parece una hazaña extraordinariamente complicada. Esa dificultad la sentimos todos, y no es hasta que confiamos en nosotros mismos que somos capaces de ver el potencial que tenemos para hacer nuestras ideas una realidad.

«El principio es la mitad del todo». Pitágoras.
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