Fotografía de Familia Cristiana Digital.

Cuando se habla del emigrante venezolano se tiende a generalizar, incluyendo en un mismo grupo a personas que han tenido motivos distintos para irse de su país. En esta publicación explico, basado en mi experiencia como emigrante, tres puntos importantes que nos hacen distintos y que marcan nuestro posible éxito o fracaso en el nuevo lugar donde hemos elegido vivir. Además, espero sirva como un llamado a la reflexión tanto para emigrantes como para quienes siguen en Venezuela.


Recientemente encontramos en internet un número cada vez mayor de artículos donde se habla de los venezolanos que se van del país para comenzar una nueva vida en otras latitudes. Es muy probable que, además, tengamos algún conocido o familiar que lo ha hecho, quien utilice las redes sociales (o quizá medios más privados como las cadenas de whatsapp) para expresar la nostalgia que siente estando tan lejos de su tierra. Incluso tú mismo podrías ser esa persona que ha decidido irse, y te has descubierto intentando soltar la melancolía que te embarga, algunos días más que otros, a través de las palabras, haciéndolo público para que otros puedan simpatizar y empatizar contigo. Es válido, a todos en un momento dado nos ha sucedido.

Sin embargo, tanto quienes escriben artículos para periódicos o revistas como quienes sienten el impulso de compartir sus sentimientos a través de redes sociales, buscan exponer la realidad de los emigrantes tal y como ellos la perciben, y existen casos donde se abusa de la generalización. Cuando se lee una publicación de este estilo, es muy difícil no polarizarse y estar 100% a favor o en contra de lo escrito. Si no, basta con leer los comentarios que usualmente los acompañan para darse cuenta que todos los lectores han tomado una postura radical, llena de matices políticos, y que en más de una ocasión termina en discusiones estériles con desconocidos.

Lo cierto es que yo también he sufrido de opiniones parcializadas, y las he defendido con la absoluta convicción de quien tiene la razón. El problema es que en estos temas no existen sólo blancos y negros, sino toda una gama de grises que voluntariamente preferimos olvidar. Nos gusta más posicionarnos en un extremo y defendernos desde allí contra cualquier razonamiento que intente rebatirnos. En algunas ocasiones me he encontrado envuelta en discusiones que terminan con reproches, y siempre pienso lo mismo: ninguno está dispuesto a ceder, así que mejor lo dejo hasta aquí.

Estas situaciones me han hecho reflexionar sobre nuestra predilección por los extremos, y cómo hemos olvidado algunos de los “grises” que nos permitirían tener opiniones más equilibradas. En el caso de quienes emigran, existen numerosos factores que se deben considerar antes de encasillarlos en un “tipo” de emigrante, o de exigirles cierto comportamiento.

Nota importante: todo lo que describiré a continuación está basado en mi experiencia como emigrante, complementada con las opiniones (algunas veces compartidas) de otros venezolanos en la misma situación y que he podido escuchar durante mi tiempo fuera del país. Se sugiere dejar su lado radical aparte para esta lectura, seguramente la disfrutará mucho más; lea para complementar y no para debatir 🙂

UNO. No todos al mismo tiempo ni por lo mismo

Piso Aeropuerto Simón Bolívar
Obra de Carlos Cruz Diez. Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, Venezuela | Fotografía de Globovisión

Parece una obviedad, pero con frecuencia olvidamos que no todos los venezolanos salieron del país al mismo tiempo. Las circunstancias en las que se encontraban al momento de decidir emigrar, así como las oportunidades que se presentaron y las aspiraciones de futuro que tenían eran muy variadas. Un gran número de venezolanos se ha desplazado fuera de nuestras fronteras por motivos políticos, es cierto, pero muchos lo han hecho por otras razones que poco o nada tienen que ver con ello.

Hay quienes emigraron en el 98, año en el que Hugo Chávez se hacía con el poder de Venezuela, ya sea porque no estaban de acuerdo con el cambio político que se gestaba o porque encontraron una opción fuera del país que satisfacía sus expectativas. Otros decidieron hacerlo luego, especialmente impulsados por el paro petrolero, donde para algunos no quedaba otra opción que partir. Recientemente lo han hecho quienes se han desencantado del país, quienes han sufrido de cerca los maltratos de la nueva sociedad, quienes continuamente ven frustrados sus deseos de progresar y quienes entienden que afuera, por duro que suene, existe una calidad de vida difícil de alcanzar en Venezuela. Pero también están los motivos universales para emigrar, aquellos que pueden aparecer en la mente de cualquier ciudadano del mundo y que le impulsan a moverse, tales como los estudios, los compromisos laborales, incluso la familia. Junto a ellos, todas las razones personales que justifican la emigración y que son propias de cada quien. A estos motivos también han recurrido los venezolanos a lo largo del tiempo, me atrevo a decir que incluso hoy día, aun cuando el tema político, social y económico del país adquiere un mayor peso sobre la decisión de emigrar.

Conclusión: no todos los venezolanos que están en el exterior se han ido al mismo tiempo (me refiero, mismo momento político – económico – social) ni por las mismas razones.

Pero lo que sí es común entre ellos, y que lo dicen sin ningún tipo de reparos, es el motivo para no volver -por ahora. Quienes han hecho el esfuerzo de emigrar, alejándose de sus seres queridos, viviendo momentos importantes en su vida solos o sin las personas que deberían estar, adaptándose a una nueva sociedad y cultura, afirman que este no es el momento para volver a Venezuela, que seguirán luchando por su calidad de vida sin perder la esperanza de que un día todo cambie para volver al lugar que les vio nacer. Porque, aunque no todos lo digan o sean conscientes, también tienen otra cosa en común: la esperanza y el anhelo de vivir en un país como el que guardan en sus recuerdos.

DOS. No todos somos iguales

Nuevamente, una obviedad. Y sí, mi intención es resaltar lo que muchas veces pasamos por alto, porque con sorprendente facilidad formamos nuestro criterio sin considerar todos los elementos, olvidando incluso los básicos, para luego emitir opiniones sesgadas. En el caso de los emigrantes venezolanos, parece que se hace sencillo clasificarlos, sin mayor distinción, en grupos de personas con los que no necesariamente se identifican. Tomen en cuenta por ejemplo la cantidad de artículos y vídeos que están llenando nuestras redes sociales de personas en el extranjero destacando el comportamiento – nada loable – de sus coterráneos. Y la verdad es que no están mintiendo: hay venezolanos que llevan los malos hábitos adquiridos en nuestro país como material de exportación, siendo además tan osados que presumen de ellos. Pero luego existen otros que se han reeducado, buscando adaptarse a la nueva sociedad en la que viven ahora. Voy a describirles cuatro (4) tipos de emigrantes que me parecen representativos para destacar algunas de las características más frecuentes que he podido observar:

El selecto: aquel venezolano que se hace pasar por oriundo del nuevo país, tomando el acento, expresiones idiomáticas, moda, hobbies, entre otros, como si definieran su personalidad desde que nació; pero a la vez deja entrever, claramente para algunos, su raíz venezolana, pues hay cosas puntuales y claves de nuestra cultura sin las que podría vivir (aunque quiera negarlo o esconderlo). Este tipo de emigrante no busca sólo adaptarse (que sería lo lógico), sino borrar casi completamente su origen y tiende a expresarse de Venezuela con algo de desprecio. Comenta cual “hater” cuando alguien menciona al país de una forma positiva o esperanzadora, destacando lo malo y burlándose como lo hacen algunos extranjeros. Lo mejor de este personaje es su cualidad “selecta”, pues es capaz de ocultar todo lo maravilloso que tenemos gracias al país del que venimos (que sí, hay MUCHO de ello en cada uno de nosotros), pero le encantan las arepas, el papelón con limón, las playas o su familia, por decir lo menos. Este tipo de emigrantes selecciona, como si de objetos se tratara, aquello que “echa de menos” y el resto al olvido. En la vida hay cosas que no aceptan medias tintas sino absolutos, por ejemplo no se puede estar “medio embarazado” como tampoco se puede ser “medio venezolano”. Para este tipo de emigrantes, una reflexión: renegar de tus raíces es como renegar de tu madre.

El inadaptado: aquel venezolano que cree que puede vivir como en Venezuela pero en un país diferente. Por ello, sigue utilizando los modismos verbales venezolanos para “comunicarse” con los ciudadanos del país en el que vive ahora, escucha música a todo volumen sin considerar a los vecinos, organiza reuniones que duran hasta que aparece la policía por una queja de ruido, cruza las calles por donde le place omitiendo el cruce peatonal, o se salta los semáforos molestándose además por las multas que recibe. Pero, sobre todo, es el emigrante venezolano que quiere la vida “ostentosa” que tuvo o soñó tener en su país, sin entender que comenzar de nuevo implica humildad. Por eso, vive gastando el (poco o mucho) dinero que gana en cosas que realmente no necesita, buscando aparentar una vida de lujo y éxito personal usualmente alejada de la realidad. Este es el tipo de personaje sobre el cual escriben y comentan la mayoría de los emigrantes, tratando de destacar su comportamiento para hacer un llamado a la consciencia. A mi parecer, no es necesario tanto énfasis, creo que todos hemos comprendido de qué van estas personas y cómo nos afectan sus actitudes, tanto a los que estamos fuera como a los que siguen en Venezuela. Sería más productivo si se le dedicara el mismo interés a nuestros logros, a ser una comunidad emigrante más unida y solidaria, y compartiéramos la experiencia adquirida con los nuevos venezolanos para que su adaptación fuera más sencilla y rápida. Como siempre, es más fácil criticar que educar. Ahora, para los emigrantes que se identifiquen con lo descrito, les recuerdo: dime de qué te jactas y te diré de que careces.

El buen emigrante: aquel venezolano que ha sabido integrarse en la nueva sociedad donde vive, sin perder la esencia de sus raíces. Es quien ha entendido que emigrar debe ser un acto bien pensado, no impulsivo, que involucrará miles de cambios en muy poco tiempo, donde para salir airoso se debe conservar lo bueno que se trae de casa (del hogar, del país) mientras se absorbe, cual esponja, todo lo que nos aporta el nuevo lugar. Es quien comprende que emigrar es convertirte en un embajador de nuestros talentos, dando a conocer al mundo de lo que somos capaces y aquello por lo que valemos tanto. Es quien ha pisado con humildad el suelo que le dará una nueva oportunidad, sin dejar de sentirse orgulloso (no prepotente) por ser venezolano. Es quien ha utilizado los kilómetros de viaje para depurarse de las malas costumbres que pudo haber hecho suyas, como parte de una vida pasada que no quiere repetir en su país de destino. En resumen, es tomar lo bueno de un lado (Venezuela) y del otro (nuevo país), pasar por un proceso de cambio y salir como la versión mejorada de sí mismo. Para mí, este es el tipo de emigrante que más abunda en el mundo, pero también es el que lleva más tiempo descubrir porque los cambios nunca son inmediatos, requieren tiempo y, sobre todo, voluntad. Es incongruente afirmar que la mayoría de nuestros emigrantes (hoy día) son profesionales y personas preparadas, para luego creer que todos se comportan como los inadaptados que he descrito previamente. Si alguien tiene que creer en esos venezolanos que luchan día a día por ser mejores fuera de sus fronteras, yo lo haré, y lo hago. Para ellos, les dejo el título de un artículo publicado en Prodavinci, que ya de por sí es maravilloso “Educar para el regreso: que las alas que sirvieron para irse sirvan para volver”, y les recomiendo ampliamente leerlo, es corto y reflexivo.

El “Made in Vzla”: antes de describirlo, quiero señalar algo que puede sorprenderles pero es absolutamente cierto, y es que no todo el mundo quiere salir de Venezuela. Lo hacen por una suerte de circunstancias, como la situación del país que les resulta insoportable o que hay un miembro de la familia con una buena oportunidad de vida fuera, entre otras. La verdad es que este tipo de personas nunca se plantearon salir del país como el resto, por lo que quizá no tuvieron tiempo (o voluntad) suficiente para internalizarlo y aceptarlo. Por ello, este tipo de emigrante vive constantemente comparando a Venezuela con el nuevo país, lo que resulta en una queja continua por todo, y que se lleva a cabo en cualquier momento o lugar. Así, este personaje cree oportuno enfatizar, empleando nuestra característica forma burlesca de expresarnos, el largo tiempo que toman los trayectos en transporte público, la forma de hablar o los términos que utilizan los de ese país, la ropa, modismos, gustos, hasta el clima, etc., en cualquier sitio donde se encuentre, en el momento que lo desee. Usualmente lo hace cuando hay muchas personas a su alrededor, y algún que otro venezolano cerca para que “le apoye”. Este tipo de comportamientos, a mi parecer, son infantiles y deplorables, pero sobre todo una profunda falta de respeto hacia el nuevo país y sus ciudadanos. Si la situación fuera a la inversa, ¿les gustaría escuchar a unos extranjeros comparando a Venezuela con su país al tiempo que la menosprecian? No lo creo, al menos se que a mí no me haría ni pizca de gracia. Para este tipo de emigrantes, una reflexión: aprendan a ser agradecidos porque cada situación tiene enseñanzas, y si se sienten tan inconformes vuelvan a Venezuela, seguramente los necesita más de lo que imaginan.

Como ven, he descrito algunos perfiles muy particulares de emigrantes con los que he podido coincidir. Lo interesante es que esto no funciona como el sistema de facciones que presentan en la película “Divergente”, por eso, una persona puede comportarse como uno o varios de estos perfiles, dependiendo del contexto y las personas con las que se encuentre, siendo esto temporal o permanente. No crean que soy inmune, en ocasiones he descubierto que muestro algunos comportamientos como estos, y es imposible que no suceda cuando estás en pleno proceso de cambio.

Por eso, para mis amigos emigrantes, tengan o no características similares a las descritas, les recuerdo: ustedes eligieron el país al cual emigraron para hacer su vida, no fue el país quien les eligió; le deben, como mínimo, adaptarse a su cultura y tradición, dejar de juzgarles y agradecer todas las oportunidades que les está brindando. No dejen que la prepotencia del venezolano se apodere de ustedes, estamos lejos de ser perfectos y necesitamos pulir las cosas buenas y desechar las malas para poder brillar como creemos merecer.

TRES. No todos extrañamos lo mismo

Ávila
Fotografía del medio digital La Patilla

La vida no es sólo lo que vemos, gran parte es lo que percibimos. Y basándonos en esas percepciones construimos nuestros recuerdos. Por esto es que muchas veces, al escuchar una canción, percatarnos de un aroma o ver a una persona, vienen a nuestra mente las imágenes del recuerdo asociado a ese estímulo, junto con los sentimientos que les acompañaron.

Así mismo es lo que se extraña. Cada uno de los venezolanos que está fuera de su país echa de menos cosas diferentes, o quizá de una forma distinta. Por ejemplo, yo puedo extrañar el Ávila porque he crecido viendo su majestuosidad desde mi ventana, pero otras personas podrían hacerlo debido a que cada mañana subían la montaña para ejercitarse. Quienes no sean de Caracas podría darles exactamente igual el Ávila, pero su corazón echa de menos el aroma del mar, los atardeceres del llano o simplemente las cachapas con queso de su abuela. Cada persona tiene en su mente su propio mundo, y a través de sus ojos interpreta la realidad como quiere (o como cree que debe). De la misma manera, extraña cosas distintas, y me pregunto ¿es eso malo? ¿Por qué nos asombramos cuando alguien echa en falta aquello que para nosotros no es importante, o les reprochamos cuando menosprecian lo que, a nuestro juicio, es vital?

Hace unos meses leí en una red social las palabras de una chica emigrante, donde con un tono claramente reprobatorio, hacía mención a aquellos elementos de la ciudad de Caracas que muchos emigrantes extrañan (a su manera). Su intención era destacar el por qué ella no echaba de menos nada de eso, justificándolo con las malas experiencias vividas en cada uno de esos sitios, ya fuera por ella o por otras personas. No pude leer completamente la publicación, pero recuerdo que comenzaba diciendo que ella no extrañaba el Ávila porque, al pensar en ella, no veía la increíble montaña que delinea la ciudad sino los motorizados que robaban en las colas. No tuve el coraje para continuar leyendo más allá de las tres primeras líneas porque me sentí ofendida. En primer lugar, nadie debe juzgar lo que otras personas sienten, y menos con la intención de hacerles sentir que están equivocados. Segundo, creo que es un error de los venezolanos el destacar constantemente las cosas malas de nuestro país, como si fuera motivo de orgullo; la comunidad internacional, a quienes usualmente van dirigidos estos mensajes, ya nos ve con suficiente lástima y consideración…y poco más. Aunque la intención sea dar a conocer nuestra realidad, ellos sólo harán hasta donde puedan (y quieran). Los problemas los tenemos que resolver nosotros mismos como país. Por último, cada persona tiene la potestad de decidir qué parte de las experiencias vividas quiere recordar, o al menos a cuál darle el protagonismo en su mente, si a lo positivo o a lo negativo. Quienes prefieren recordar a Venezuela a través del velo de sus problemas siempre tendrán una visión limitada, pero están en su derecho de hacerlo. Sólo pido, por favor, que no contaminen con su desesperanza a los que aún llevan el tricolor vivo en el corazón, defendiéndolo con orgullo. Tampoco creen una matriz de opinión que parezca dar carta blanca a los comentarios nocivos contra el país, eso no nos ayuda a recuperar la Venezuela con la que algunos todavía soñamos.

Quizá todo esto sea consecuencia de los cambios a los que estamos sujetos los emigrantes, y cómo nos vamos adaptando a ellos. No sabemos muy bien cómo, cuándo o en qué estamos cambiando, y eso nos lleva a mostrar actitudes hostiles o de idealización hacia nuestro país y sus ciudadanos. Es importante que sepamos que (1) todos estamos experimentando situaciones parecidas, la diferencia está en cómo las enfrentamos, (2) cada uno se adapta de una forma distinta, con lo cual debemos disminuir las generalizaciones hacia otros emigrantes venezolanos porque el hecho de estar afuera como ellos no nos hace poseedores de la verdad, (3) existe algo llamado el “duelo migratorio”, que de acuerdo a la psicóloga Yercia Rivera se refiere al “proceso activo de adaptación a la pérdida de mi lugar de origen, con lo cual también enfrento la pérdida de mis relaciones, amistades, lugares conocidos y todos aquellos elementos que conforman mi concepto de patria e historia personal”. Si queremos mejorar nuestro comportamiento, debemos conocer al menos la causa del problema, y esta podría ser una de ellas. En el artículo de El Diario de Caracas “Vladimir Gesen: Emigrantes venezolanos sufren duelo profundo” encontrarán más información al respecto, se los recomiendo.

Me gustaría concluir con un pensamiento que siempre viene a mi cabeza respecto a los venezolanos. En general, tenemos una capacidad asombrosa para criticarnos, somos muy duros con nosotros mismos al punto que dejamos que otros (extranjeros de cualquier parte del mundo) nos miren por encima del hombro y nos disminuyan. Somos ciudadanos con alto potencial y baja autoestima, más parecidos a un adolescente que a un adulto. Por eso, muchas veces nos damos por vencidos y dejamos a un lado nuestras buenas costumbres para adoptar las malas, pensando que eso nos dará la fortaleza de la que carecemos.

Sinceramente, creo que el cambio tiene que darse dentro de cada uno de nosotros. Suena utópico, pero no lo es; solo basta con ver a aquellos venezolanos que creyeron en sí mismos y que han logrado, con esfuerzo y dedicación, alcanzar sus sueños, sin detenerse ante los obstáculos o las palabras desalentadoras. No es suficiente con ser “buenos” y “adaptarse” a una cultura extranjera, es imperativo que internalicemos el aprendizaje para compartirlo con nuestra familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, o con cualquiera que nos encontremos, no sólo en el exterior sino sobre todo en Venezuela, a la que todos debemos aspirar volver para recuperarla. Un poco al estilo de la película “Cadena de Favores” (si no la han visto, la recomiendo ampliamente). No contribuyamos al daño creando más daño, vamos a apostar por lo bueno, sin prepotencia ni orgullo, con trabajo e ilusión.

«No hay camino fácil a la libertad en ningún lugar, y muchos de nosotros tenemos que pasar por el valle de sombras de la muerte, una y otra vez, antes de que alcancemos la cima de nuestros deseos». Nelson Mandela.
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