Madre e hija en la playa. Joaquín Sorolla.

Esta historia la escribí en el año 2003 y la he editado para publicarla aquí. En mi colegio, por aquella época, había un concurso de cuentos y este fue el relato con el que participé. Es mi relato favorito, pues más allá de la carga emocional que transmite la madre al narrar el giro que da su vida desde que concibió a su hija, Sara, representa para mí el inicio de mi amor por la escritura como adulta.


Sara, así se llama ella, mi hija. Nació el día menos esperado: una tarde de domingo, día tradicional de reunirse en familia, y resultó ser uno de esos momentos que se recuerdan durante toda la vida, anecdóticos.

Allí estaba yo, de pie, devorando sin pausa unos deliciosos dulces de almendras con un toque de ron, y aun cuando normalmente no suelo comerlas, pues no son de mi gusto, Sara las adoraba y yo la complacía comiéndolas. De repente, lo sentí. Era una extraña pero increíble sensación que sólo una madre conoce, similar al frío intenso que cala tus huesos en la madrugada justo antes de que despunte el alba: esa mezcla de miedo y ansiedad que te embargan por dentro porque temes lo que pueda traer pero te maravilla lo desconocido. Fue el mejor día de mi vida, y gracias a Dios siempre tuve a mi familia junto a mí. Fue una niña preciosa, con una mirada llena de curiosidad y valentía; desde el primer momento que la sostuve en brazos y aspire su olor a ingenua vitalidad, supe que sería una gran mujer y que lograría lo que se propusiera, pues su tenacidad era algo innato de su persona. No me equivoqué.

Mis primeros pasos como madre fueron difíciles, pero ojalá pudiera describirles lo hermoso que fue. Ahí es cuando descubres el verdadero sentido de la vida, es un ciclo fantástico, repetitivo pero mejorado, todas las bondades de tu vida las transmites delicadamente a la otra. Me enseñó a reír sin reparar en cuán cansados mis músculos del rostro estuvieran o cuántas lágrimas brotaran de mis ojos; a demostrar más cariño del que podía dar, a aprovechar cada momento para comérmela a besos y reírnos nuevamente, a buscarle la practicidad a la vida, a enfrentar con valentía y seguridad los tropiezos que encontrara en mi camino. Ahora más que nunca, en este momento de mi vida que confunde mis sentimientos, como el viento que mece suavemente los pequeños granos de arena de la orilla del mar, recuerdo una frase que quedó grabada en mi memoria y que salió de sus labios a muy temprana edad: “cuando sientas que a tu lado no estoy, entonces será cuando más cerca estaré de ti, pues somos un mismo corazón”.

Siempre fue muy tierna, por momentos tan enérgica que en varias oportunidades me acompañaba a mi cama, tomaba un libro de cuentos de su armario y comenzaba a leerme historias tal como lo hacía yo para ella el resto de las noches. Teníamos una conexión tan grande que muchas veces yo podía descubrir lo que escondía su cabecita o cuál nueva travesura tramaba sin necesidad de hablarle. No sé cómo lo lograba pero acertaba a conocer sus intenciones. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre esos días, y ahora creo poder asegurar que ella vivió cosas de la misma manera que yo, en el mismo momento de la vida, por no decir en la misma edad; algo sin explicación lógica pero que ciertamente sucedió, porque si no ¿cómo era posible que tuviera las respuestas a sus preguntas o la posible solución a sus problemas mucho antes de que ella incluso me lo planteara? Para mi hija, todo era atribuible a la experiencia de madre, pero en el fondo de mi corazón yo sabía que eso, más que vivencias que guardaba en mi memoria, era la repetición extraña de una vida en otra…

Puedo decir que el tiempo que pase a su lado ha sido cuando menos maravilloso, lo viví al máximo y de eso me siento muy satisfecha. Le demostré la importancia de la prudencia y de la inteligencia; la enseñé a conocer las consecuencias de sus actos sin que sucedieran, y a siempre valerse por sí misma, situación que con el tiempo se hizo habitual. Era muy madura para su edad, siempre regalándome una sonrisita, fuera traviesa o real, y en sus momentos malos nunca dejó de decirme que me amaba, que aun cuando la riñera lo seguía haciendo pues yo era su modelo de vida. Porque ella sí tuvo días malos, muy malos. Quisiera poder removerlos de mi mente como si fueran huellas sobre la arena borradas por el mar. Mas no es así. No hubiera sabido sobre su padecimiento si no me hubiera llegado esa llamada del Hospital Central diciendo que mi hija, Sara, había sufrido durante una práctica deportiva una falla respiratoria y una fatiga injustificada, junto con dolor en el pecho, por lo que la habían trasladado allí de emergencia debido una complicación. Mi mundo se derrumbó, como si la vida hubiera querido destruir lo más preciado para mí, y sin previo aviso, me arrebatara la felicidad que por tanto tiempo había tenido, castigo de algún error cometido en un momento de mi vida y que redimiría con la vida de mi hija. No tuve tiempo de reaccionar, sólo supe que apuraba mis pasos a su encuentro, y llegando a su habitación en el hospital encontré a dos médicos discutiendo el caso de mi hija. Al ver que me acercaba para entrar, me sostuvieron a tiempo para no caer al suelo. Estaba ahí, tendida en una cama, pálida, sin esa energía que por tanto tiempo me había alimentado el alma, y sin esa sonrisa gratuita que me transmitía tranquilidad. Me senté a su lado, escuchando las voces distantes que me contaban algo sobre una enfermedad localizada en la cavidad torácica, difícil de detectar durante sus primeros años y lo peor de todo, incurable. Ella se iba, irremediablemente la vi desvanecerse como si fuera un espejismo, y comprendí que no existe un momento para decir adiós, que no hay preparación previa posible. Llámenme egoísta, pero no podía concebir en mi mente abrumada que alguien como ella se fuera de este mundo y me dejara a la deriva de mis pensamientos y a merced de mi nueva compañera, la soledad.

Se ha ido, mi Sara ya no está.

Aún no puedo entrar a su cuarto y detener las lágrimas que se acumulan en mis ojos y caen a borbotones por mi cara como cascadas de dolor; en cada rincón la siento y la veo, a veces la escucho hablar; mi vida está incompleta sin ella, me falta su esencia, su vitalidad, su sonrisa y sobre todo saber que ella sigue junto a mí para volverla a comer a besos como lo solía hacer. Ya no está a mi lado, y lo único que me hace enfrentar nuevamente la vida, como se lo enseñé a ella alguna vez, es esa frase que me dijo al oído cuando era muy pequeña: “cuando sientas que a tu lado no estoy, entonces será cuando más cerca estaré de ti, pues somos un mismo corazón”.

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