El atentado terrorista perpetrado el pasado viernes 13 de noviembre de 2015 en París conmocionó al mundo entero. Muchas personas expresaron su dolor y pesar por lo ocurrido a través de cualquier medio posible, incluidas las redes sociales. Los venezolanos también levantaron su voz contra estos eventos, y al mismo tiempo recibieron duras críticas por parte de sus coterráneos, reclamándoles la misma atención hacia los problemas del país.


Naturalmente, uno de mis primeros pensamientos fue comparar el lamentable número de fallecidos con las cifras rojas de Venezuela. Más que por morbo, era una manera de entender ambas realidades. Y no fui la única; en las redes sociales comenzaron a aparecer imágenes y opiniones que comparaban ambos países, como una manera de concienciar al mundo sobre la situación de Venezuela, destacando además la poca importancia que tenían estos datos para algunos.

Luego de leer a tantos expresarse de forma cuando menos condenable sobre la preocupación de los otros por los fallecidos de París y no por los de su país, me senté a reflexionar y decidí compartir mis ideas con ustedes.

Que en Venezuela mueran más personas que en los atentados terroristas o en las guerras del mundo no es algo nuevo, lamentablemente. Siempre se ha hecho esta comparación para destacar la violencia a la que estamos sometidos. Siendo sinceros, lo único que hemos logrado con ello es el asombro, la condescendencia y/o el miedo de los demás países. Los que conviven con esa realidad tienen que seguir adelante con sus vidas como mejor puedan. Para quienes son conscientes de ello, lo llevan como una cruz sobre sus hombros; para quienes omiten la información o no les importa, simplemente pasa desapercibida.

La diferencia es que hay países donde no se practica la violencia diariamente y otros en los que sí, venga de donde venga. Por ende, a unos les impacta y duele mientras que otros están casi acostumbrados a ella, sin que por ello deje de impactar y doler. Eso no lo hace ni normal ni correcto, simplemente es la realidad. Esta es la razón por la cual unos eventos tienen mayor repercusión que otros a nivel mediático y global.

Si en Venezuela mueren más personas que en el atentado a Francia, eso es verdaderamente una tragedia. El problema es que estamos haciendo una comparación inadecuada – algo así como eso de igualar peras y manzanas. En nuestro país, son los mismos venezolanos quienes matan, podría atreverme incluso a decir que ya lo hacen casi por gusto. En el país galo, son personas de otro país con un objetivo claro de desestabilizar una nación quienes ejercen la violencia sin contemplación. Uno interno, otro externo. Justo eso nos dice que las soluciones son radicalmente opuestas. Las respuestas al terrorismo no las voy a considerar aquí por ser un tema sumamente complejo y delicado. Pero en el caso de mi país, la solución es tan sencilla que asusta; cambiar, o salir de la comodidad, no es fácil para todos. Y la mejor parte es que está en manos de sus mismos ciudadanos (el tema político y electoral lo dejo para otro momento, seguramente ustedes ya saben qué hacer).

Todas las muertes son terribles, sean donde sean, sobre todo si ocurren por actos violentos. Son personas que ya no están aquí, que han dejado un vacío y por quienes siguen existiendo otros que lloran su partida.

Criticar a quienes expresar su dolor por Francia, a los que además califican de insensibles ante las altísimas cifras de fallecidos por violencia en Venezuela, demuestra la poca capacidad de empatía que tenemos y de la que, aparentemente, nos enorgullecemos. Es el eco de pensamientos como “ser rico es malo” o “si votaron por tal persona pues que coman bosta de vaca”. Nos aprendimos la lección del rencor y la mezquindad, y ahora la aplicamos a todo. Somos expertos en buscarle “las cinco patas al gato”, en demostrar que nuestro criterio es brillante y nuestra posición la única correcta. Desde allí soltamos juicios (y a veces improperios) hacia los demás, sin preocuparnos demasiado por el daño que hagamos o la ignorancia que demostremos. Resulta que esa forma de pensar nos separa y aísla. Deberíamos ser más personas y menos autómatas, más conscientes y menos reactivos.

Criticar a los otros, especialmente a quienes piensan distinto a nosotros, esconde una petición para que nos miren y nos atiendan, para que nos escuchen. Lo cierto es que, en general, produce el efecto contrario. Nos hace ganarnos el rechazo, omisión o desprecio de los demás hacia lo que intentábamos comunicar, y sigue sin importarle más que a los venezolanos (con algún solidario por allí). Y es que el mundo se hace siempre la misma pregunta sobre nuestra situación: ¿por qué no hemos hecho algo al respecto si depende exclusivamente de nosotros? No es lo mismo un atentado terrorista, donde unas bandas organizadas, de modo indiscriminado, pretenden crear alarma social a través de actos criminales con un propósito, en este caso religioso, que un problema de degradación social y falta de valores que se traduce en actos violentos, mortales y frecuentes.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar el sufrimiento de los demás? ¿Qué nos hace más importantes que los otros como para condenar, con vehemencia y prepotencia, la forma en la que expresan su dolor? Y peor aún, ¿por qué creemos tener el derecho a criticar a quienes se solidarizan con las muertes del mundo? ¿Acaso es que con eso logramos que se “preocupen” por las de Venezuela? ¿Sabemos con absoluta certeza que no lo hacen?

Apoyo Paris a Venezuela
Un pequeño recordatorio del apoyo que nos dio París cuando vivimos esos terribles días posteriores al 12F 2014. Imágenes obtenidas a través de las redes sociales.

Para mí, ese comportamiento es mezquino, egoísta y absolutamente deplorable. Ser mezquino (según la RAE, falto de generosidad y nobleza de espíritu) es decir que las otras muertes no son tan importantes como las nuestras. Cuando criticamos sólo demostramos la falta de autoestima que tenemos como país. Si antes no nos valorábamos, ahora que estamos divididos y desmoralizados menos. Por eso, somos incapaces de expresar más que rencor y rabia porque otro “importa” y “nosotros no”.

Quien se solidarice con Francia y sus problemas de forma honesta e inteligente, y no porque todos lo hagan o porque sea el trending topic del momento, es digno de elogiar. Necesitamos más personas empáticas en el mundo y menos necios. Yo estoy segura que derramar una lágrima por las muertes que no son venezolanas no hace que se olvide el dolor que vivimos o llevamos por dentro, no se olvida el drama de un pueblo maravilloso que sufre. No se nos cambia la bandera del corazón porque nos solidaricemos con otros países. De hecho, por tantos problemas y dolores que hemos vivido es que deberíamos ser los primeros dispuestos a ayudar, los primeros en comprender y concienciar. Sin embargo, preferimos encerrarnos en nuestra burbuja y sus problemas, y los demás que resuelvan como puedan; no es asunto nuestro.

Si decides apoyar a Francia, o a cualquier país que sufra atentados terroristas, hazlo con amor y solidaridad. Hay personas que lloran por ello y necesitan una mano que les ayude a continuar. Si, por el contrario, prefieres apoyar a Venezuela y sus muchos fallecidos diarios, hazlo también con amor y solidaridad. No por llevar la contraria o porque es políticamente correcto. Existe un número muy grande de venezolanos que también lloran por eso y a quienes muy pocos les asisten, quedándoles sólo la resignación. Y si quieres apoyar a ambos, ¡felicidades! Enséñale a los demás a ser una persona empática y que se preocupa por los seres humanos, no sólo por aquellos con quienes comparte territorio. Que una vida valga más que toda la mezquindad o rencor que podamos tener en nuestro corazón.

«Las palabras son como las monedas, que una vale por muchas como muchas no valen por una». Quevedo.
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