Fotografía obtenida en Pixabay.

La inocencia de los niños, eso es lo que se describe en este relato. Y es que, para ellos, las cosas que percibimos como simples resultan todo un desafío, si se quiere el más importante. Por eso, el rol de los padres es vital: son su modelo a seguir, su guía, su soporte y quien los impulsa a continuar a pesar de las dificultades, incluso cuando esas dificultades sean tan sencillas como comer un helado.


La madre acercó la barquilla del helado de chocolate y la colocó entre las manos de su hijo, apretándolas ligeramente para indicarle que la cogiera con firmeza. El niño, emocionado, sostenía la barquilla frente a sus ojos con sus dos manitos muy juntas, mirando la gran bola de helado y pensando por dónde comenzar. Su madre había comprado otra barquilla para ella y le invitaba a imitarla. El chiquillo paseaba la mirada entre lo que hacía su madre y el helado que sostenía entre las manos. Repitiendo lo que veía, se lo acercó a la cara y su nariz fue la primera en probar el frío dulce. Sorprendido, alejó el helado de su cara y lo observó con confusión, mientras estiraba la lengua lo mejor que podía para saborear los restos de chocolate en su nariz. Miró a su madre y ella, sonriendo con ternura, le explicó con su helado cómo debía comerlo. Volvió a intentarlo. Acercó el dulce a su cara, pero esta vez giró un poco la cabeza a la izquierda para aproximar la boca antes que la nariz. Logró llegar al helado con sus labios, aunque también con otras partes de su carita como sus mejillas, su barbilla y, sí, su nariz. Al hacerlo, abrió la boca y le dio un gran mordisco a la bola de chocolate. A pesar del grandioso sabor del helado, el niño masticaba con los ojos arrugados y una expresión de extrañeza, pues en su ilusión por comerlo no había pensado en el frío. Mucho frío para un solo mordisco. La madre reía mientras le observaba masticar el trozo de helado de chocolate que había mordido. El niño, sin embargo, olvidó rápidamente la sensación desagradable del frío y, una vez habido tragado, volvió a girar la cabeza a la izquierda y un poco hacia atrás para comer el helado a mordiscos, ahora más pequeños, como él veía que hacía mamá. Luego de tres mordidas a la bola de chocolate, y viendo la angustia que le causaba la temperatura del postre helado a su hijo, le detuvo para enseñarle otra forma de comerlo. Sacó su lengua y le explicó como lamer la superficie derretida del helado. El niño sacó la lengua, colocó la cabeza de la manera ya habitual, se acercó el helado y lo movió de izquierda a derecha sobre su lengua para lamerlo…a su manera. Realmente era mejor, no daba tanto frío y el chocolate se percibía mejor, en su boca y en el resto de su carita. Orgulloso y motivado, continuó lamiendo el helado sin comprender por qué su madre no paraba de reír. Al terminarlo, la mirada triunfante y la genuina alegría del niño compensaban con creces el desastre de chocolate que había en su rostro, en sus manos y en su ropa. Nada de eso importaba demasiado, todo podría limpiarse. Lo realmente importante era el momento compartido, irremplazable, único y sólo de ellos.

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