Imagen obtenida en Pixabay.

Todos, en algún momento, hemos compartido contenido viral. Los vídeos, las imágenes con mensajes graciosos o reflexivos, incluso las noticias pueden convertirse en virales gracias a la acción de miles de personas que las comparten en sus redes sociales, tal como lo hacemos nosotros. Pero, ¿nuestras interacciones son tan inocentes como creemos? Estos son los cinco riesgos que corremos cuando compartimos contenido viral en nuestras redes sociales.


Comencemos por el principio: ¿qué es un contenido viral? Existen muchas definiciones en internet, pero de forma general se trata de un contenido que se comparte de forma masiva en internet a través de cualquier medio como redes sociales, correos electrónicos, entre otros.

Un contenido viral por lo general busca conectarse a nivel emocional con nosotros y ha sido creado por una persona anónima que, con seguridad, no esperaba que se difundiera tanto ni tan rápido cuando lo hizo.

Cuando compartimos un contenido viral lo hacemos por una buena razón, buscando que nuestros contactos reaccionen de alguna manera. Quizá nos ha causado mucha gracia o es una información de utilidad, inclusive podríamos hacerlo para apoyar o condenar alguna denuncia o suceso. Sin importar la intención, existe una característica que todos compartimos respecto al viral: nuestro interés es momentáneo, y dura desde el momento que leemos o vemos la información hasta que la compartimos. Luego, quizá en cuestión de minutos, lo borramos de nuestra memoria y pasamos al siguiente contenido. Este es el estilo de vida instantánea que vivimos ahora en la era 2.0.

Realmente no somos conscientes del impacto o el alcance que puede tener eso que acabamos de replicar; si estamos haciendo daño a alguien al desprestigiarlo, humillarlo o someterlo a acoso, o si por el contrario los afectados somos nosotros y nuestra imagen virtual (que, además, es pública). Y es que interactuar a través del cuasi anonimato de internet, y ahora las redes sociales, es tan sencillo y aparentemente inocuo que nos permite decir o hacer cosas que en la vida real tal vez no nos atreveríamos, sin pensar demasiado en las consecuencias.

Por supuesto, existen contenidos virales que son más sensibles que otros. No es lo mismo un vídeo gracioso que está hecho intencionadamente para ese fin a una denuncia por maltrato animal. Es por ello que, antes de compartir un contenido viral, debemos considerar estos cinco riesgos a los que nos enfrentamos. No se presentan todos al mismo tiempo ni aplican para todos los contenidos, pero conocerlos facilitará nuestra decisión sobre si replicarlos o no.

UNO. Des-Información

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Crónica imaginaria por Tomás Marín | El Venezolano

Todos sabemos que cualquiera puede crear y compartir información de internet. Sin embargo, de forma ingenua y sin mucha reflexión asumimos que personas éticamente responsables y bien informadas generan los contenidos que consumimos en internet, por lo que confiamos en su veracidad y autenticidad. Esta es una de las razones por las cuales compartimos contenidos virales en nuestras redes sociales casi automáticamente, sin tomarnos siquiera el tiempo de comprobar la solidez de la fuente de la que proviene.

Si esta verificación de la información la aprendimos durante nuestra etapa de estudiantes, con la intención de no ser penalizados por una mala investigación, la hemos olvidado completamente ahora como usuarios de redes sociales. Compartimos contenidos virales sin revisar la fuente ni chequear la fecha de publicación, como tampoco corroboramos la información en sitios web distintos para asegurarnos que no estamos contribuyendo a un rumor sin fundamento. ¿Y por qué sucede esto? En el caso de información escrita, tendemos a escanear el artículo sin profundizar demasiado en su contenido; esta es la manera en la que leemos en internet.

Cuando se trata de imágenes o frases, el asunto es aun peor: las compartimos casi como autómatas. Nos gustan y lo hacemos sin más, pero no nos detenemos a pensar si el autor y la frase se corresponden, si esa cita es correcta o si el rostro de la persona (en el caso de que sea parte de la composición de la imagen) sea la verdadera. Simplemente la frase es bonita, tiene un significado o eso creemos, y la compartimos. Ahora, seamos honestos: con seguridad no recordamos ni la mitad de las cosas inspiradoras que compartimos diariamente en nuestras redes sociales.

En conclusión, al no validar el contenido estamos contribuyendo con la desinformación en internet, donde al final conseguir al responsable puede ser complicado. Estoy segura que, a pesar de nuestras mejores intenciones, estamos compartiendo tanto contenido real como muchas mentiras, haciendo que otros las crean también. Las personas sin escrúpulos que disfrutan engañando siempre existirán, y en internet abundan, pero debemos ser más listos que ellos y no compartir contenidos virales (sobre todo los sensibles) de dudosa procedencia.

DOS. Postura ajena

Los seres humanos dibujamos la realidad que vivimos en función de lo que percibimos a través nuestros sentidos, principalmente de nuestros ojos, sin preocuparnos demasiado por lo que puedan pensar los demás. Sí, nos importa lo que digan de nosotros porque incide de forma directa en nuestra vida, mas no nos interesa demasiado cómo los otros perciben su realidad. Por ello, cuando compartimos información viral en nuestras redes sociales lo hacemos con una intención que podría ser malinterpretada o rechazada por quienes nos leen, quizá porque entra en conflicto con sus valores.

Ya hemos hablado de las posibles intenciones que tenemos para compartir un contenido viral y ninguna suena terrible. Sin embargo, es probable que al hacerlo de forma automática las personas asuman que estamos replicando la postura de quien creó o subió el contenido, así como sus ideas, sus sentimientos y creencias, y esto no siempre es correcto. Si no aclaramos nuestra intención, cuidamos el lenguaje y la manera cómo decimos las cosas, podremos proyectar una imagen de nuestra personalidad que no se corresponde con la verdad (y ahora quizá comprendan por qué a los reclutadores les interesa investigar a sus candidatos en sus redes sociales; allí logran ver una parte de su personalidad que no aparece descrita en sus CV).

Es recomendable que al momento de compartir algún contenido viral hagamos una declaración concisa de las intenciones por las cuales lo hacemos, o en su defecto pensemos si de forma tácita estamos diciendo lo correcto sobre lo que creemos y defendemos para evitar dañarnos a nosotros mismos.

TRES. Falta de equilibrio

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Mente abierta | Photo Stock Editor

¿Quién no se ha dejado llevar por un contenido viral cargado de emoción? Creo que todos. Más de una vez leemos el título de la publicación, vemos la imagen y compartimos porque nos sentimos “identificados” o queremos apoyar la causa. Creemos fielmente que estamos haciendo lo correcto.

En estos casos jugamos al papel de jueces y condenamos al culpable sin siquiera darle el derecho a defenderse. Estamos a favor del equilibrio en la información, nos consideramos personas justas, pero, con sorprendente facilidad, juzgamos a los protagonistas del contenido viral sin derecho a réplica. En ocasiones descalificamos o decimos cosas atroces públicamente sobre esas personas sin pensar en las implicaciones de nuestras palabras para ellos y para nosotros. Les recomiendo esta poderosa charla TED sobre la “historia única” y cómo conocer un sólo lado de la historia nos condiciona a pensar de una forma o a creer ciertas cosas que no son del todo verdad.

Un ejemplo de ello son las denuncias hechas a través de las redes sociales. Las personas afectadas por algún suceso han encontrado en ellas la forma de expresar su descontento o frustración. Utilizan la palabra escrita, añaden algunas imágenes que soporten su denuncian y lo lanzan a la red, con la esperanza de que sus conocidos reaccionen y repliquen el contenido hasta que sea muy difícil para el culpable esconderse o escudarse de lo sucedido. Hemos transformado las redes sociales en una cacería de brujas donde el primero que actúe contrario a nuestros valores (o a lo socialmente aceptable) debe ser apedreado con comentarios, reacciones, burlas y boicots hacia sus activos o su reputación.

Sí, hay cosas denunciables que merecen ser replicadas como ésta, siempre que seamos conscientes de las consecuencias de nuestras interacciones en la web. Podemos hacer daño moral, emocional, familiar, de pareja, incluso en su reputación. Todo muy, muy cerca al bullying que tanto despreciamos, y que a la vez seguimos fomentando sin control, porque la burla con saña es una de las principales maneras de hacerlo. Al momento de compartir contenido viral sensible, es importante informarse bien y tener la mente abierta para brindarle a la otra parte la oportunidad de dar su versión de la historia.

CUATRO. “Inmortalidad” de la web

Hace un tiempo tuve la oportunidad de ver este vídeo fantástico que destacaba una característica fundamental de internet y que con frecuencia olvidamos: nada se borra realmente, todo queda para siempre. Es decir, los contenidos que se encuentran en internet nunca desaparecen, desde las fotografías hasta los comentarios que hacemos.

Lo cierto es que esta charla me hizo pensar en la inmensa responsabilidad que tenemos sobre el uso y aplicaciones de internet, y cómo lo tomamos tan a la ligera (en algunos casos). Entiendo que no podemos poner sobre nuestros hombros el peso de todos los contenidos que existen en la red, pues además de absurdo no nos compete. Pero en nuestro papel como “replicadores” de la información, tenemos el poder de seleccionar qué cosas compartir y la mejor manera de hacerlo, sobre qué cosas opinar y cuál imagen proyectar al resto del mundo (real y virtual); este último, recuerden, no perece ni la hará.

CINCO. El poder de un click

No todos los que generan contenidos para internet y redes sociales lo hacen por amor al arte. La realidad es que detrás de ello hay un buen negocio que genera beneficios para quienes viven de ello. En el mundo virtual se contabiliza todo, desde el click hasta las distintas interacciones que se hacen en una página web. Esto se utiliza para las estadísticas del sitio web que permitirán al propietario, de forma muy general, conocer qué les interesa a sus usuarios, cuánto de su contenido les llama la atención y el alcance que éste puede llegar a tener.

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Foto por Dariusz Sankowski | Stock Snap

Y se preguntarán ¿es eso tan malo? ¿Para qué puede servirle esa información a alguien más allá de un ajuste de sus contenidos hacia lo que piden las personas? Pues les he dicho antes que esto es un negocio, y una de las maneras que tienen de percibir dinero (hay otras, pero esta es la principal) es a través de publicidad. Un sitio web con mucho movimiento o con contenidos interesantes para los usuarios, incluso con muchas interacciones y “clicks”, es un excelente lugar para publicitar productos o servicios, porque se garantiza que llegará a más personas, se incrementa la visibilidad y las probabilidades de que dichos usuarios se interesen por lo que se vende.

Por supuesto, es un resumen cortísimo y muy general de todo lo que está detrás de este mundillo, pero sirve para ilustrar cómo algunas personas son capaces de vivir de sus páginas webs, blogs, vlogs, o aumentar su cuota de venta cuando atienden también desde la web. Todas esas publicidades que ven mientras navegan en páginas (incluso y principalmente las redes sociales) no son casuales.

Recuerdo esta noticia de CNN que hablaba sobre cómo detrás de las imágenes de Facebook que pedían un “me gusta” para curar enfermedades, por temas religiosos o por otras cosas aparentemente inocentes había alguien que se estaba lucrando; es decir, vivía de nuestros inofensivos y a veces hasta impulsivos “me gusta”.

Como ven, nuestros clicks tiene un poder increíble. No sólo sirven para interactuar con nuestros contactos y dejarles saber, de forma breve, cómo te sientes respecto al contenido que han compartido, también pueden transformarse en estadísticas valiosas que se traducen en patrones de comportamiento o consumo, e incluso en dinero para quienes hacen rentables sus negocios en la web. Conocer esto nos debería hacer estimarlos más y no sucumbir al impulso de dar click a cuanta cosa curiosa se nos pasa por nuestro time line.

Ser consumidor de contenidos virales no es malo ni tampoco hay que dejar de serlo. Simplemente, debemos ser consciente de estos riesgos y hacernos responsables de todo lo que aportamos en la web, sin importar el medio por el que lo hagamos. Así que ya saben, la próxima vez que vayan a compartir un contenido en redes sociales, sobre todo aquellos sensibles o controversiales, pregúntense ¿de dónde viene esta información / quién la escribe?, ¿puedo confirmarla?, ¿conozco todas las partes de la historia?, ¿qué transmito al compartirla?, ¿está en línea con mis principios y valores?, ¿vale la pena compartirla y hacerme eco de su información?

«A los seres humanos las cosas no nos afectan por sí mismas, sino por cómo las interpretamos». Epicuro.
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