Fotografía obtenida en Unsplash.

Este es otro relato sacado de mi archivo. Lo escribí allá por el año 2004, y habla sobre la despedida al amor, a las relaciones que parecen estables pero que, poco a poco, se transforman en algo muy distinto a lo que fueron en un inicio. Describe recuerdos, sentimientos, y sobre todo, lo duro que a veces resulta decir adiós cuando aún se quiere.


El cielo se oscurece y lentamente la temperatura cambia. El viento entra en las habitaciones de la casa, haciendo sonar los cristales de las lámparas al compás de su suave vaivén. Se mueve despacio por todos los rincones hasta encontrarse con un obstáculo, una persona de pie frente a uno de los grandes ventanales sin cortinas de la sala, que se abraza a sí misma mientras mira hacia afuera. Soy yo. El viento, contrariado por mi presencia, agita mi cabello suelto y yo me abrazo más fuerte en un intento por protegerme del frío. Muchos años estuve aquí contigo, en esta casa, despertando con el cantar de las aves, las mismas que ahora huyen de la noche, almorzando con el dibujo del sol sobre la laguna, durmiendo con el viento que ahora me despeina. Nunca comprendí que todo era fantástico por sí mismo y que nada seria igual si lo dejaba ir. Mientras veo por la ventana, mi mente se divierte recordando detalles de aquellos años que no sabía que había guardado, y no puedo evitar sentirme abrumada por la nostalgia. Ya es inútil buscar excusas o culpables cuando todo ha cambiado, las cosas se perdieron en los rincones de la costumbre, nos venció la inercia y los susurros de otras bocas sobre aquello que un día nos unió. Ahora la distancia se impone entre nosotros, hemos desperdiciado nuestra vida juntos persiguiendo el cielo, sin darnos cuenta que vivíamos él.

Te extraño.

Me percato que es tarde, el cielo ya ha perdido completamente sus colores y le ha dado paso a la noche. Siento como las lágrimas se acumulan en mis ojos y me impiden ver con claridad. Mi mente se ha convertido en un baúl lleno de recuerdos rotos donde alguna vez guardé mis deseos de perdurar a tu lado hasta el fin de nuestra vida. Durante muchos años abrigué la esperanza de que entenderías mis señales y descubrirías lo que estaba funcionando mal. Siempre quise demostrarte que no eras sólo mi amigo, sino mi razón de sonreír cuando la vida se tornaba oscura, quien me daba fuerzas para seguir adelante, pero ahora comprendo que fallé, que jamás lo percibiste.

Te extraño.

Vives a cientos de kilómetros de aquí, y mientras este frío cala mis huesos y me agobian los recuerdos y reproches, tú estarás durmiendo tranquilamente, aferrado a la convicción de que has tomado la mejor decisión. No sabes que al otro lado del mar que nos separa hay un corazón que grita desesperado, que se pregunta por qué te fuiste sin decir adiós, sin un tímido beso que sosegase la agonía que le esperaba. Ahora, sólo ahora, cuando todo está perdido, entiendo lo que significabas para mí, el cielo que habíamos construido para nosotros y lo que me pesa tu ausencia. Lentamente, cierro la ventana de nuestra historia y decido aprender a caminar este mundo sin contar con tu sonrisa como guía de mis pasos. Busco la salida de esta habitación que selló por un tiempo mi felicidad, limpio con resignación las lágrimas de mi rostro y exhalo un suspiro de adiós.

— Te extraño —murmuré, cerrando la puerta.

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