Fotografía obtenida en Stock Snap.

Un relato inspirado en una película británico-americana que habla sobre la lucha de una madre con su hijo, quien, desde que nació, disfruta atormentándola. Y cómo, al final, en lo más profundo de nuestro corazón siempre sabemos la verdad, y, en algunas ocasiones, es peor que nuestras más inquietantes pesadillas.


We need to talk about KevinNota importante: este relato trae un spoiler de la película sobre la cual está inspirado, titulada Tenemos que hablar de Kevin (2011). Si lo deseas, te recomiendo ver la adaptación cinematográfica antes de leer este relato. Siempre puedes volver a este blog para leer esta historia.


Otra tarde cualquiera en la oficina para la Responsable de Contrataciones, Shyla Richards. Sentada en su cómoda silla de piel marrón, discute al teléfono sobre la incorporación de un nuevo pasante para el departamento de ventas. Mientras explica por qué no puede seguir incrementando la nómina utiliza el mismo tono dulce pero firme que emplea con sus hijos. Con su pequeña Emily no es necesario hablar así, a sus seis años es una niña dulce, atenta y obediente. En cambio, con Kevin es distinto. Es un adolescente y cree tener siempre la respuesta perfecta para rebatir lo que diga su madre. Le gusta desafiarla y lo hace a menudo.

Desde que nació, Shyla percibió que Kevin era un niño distinto. Más tarde comprendería que era sólo con ella. Cualquier contacto con su madre le inquietaba, llenándole de una ira desproporcionada para su pequeña humanidad, hasta que su padre lo tomaba en brazos o ella simplemente se alejaba. El tiempo no logró enmendar el vínculo entre ellos, si acaso lo agravó, y mientras Shyla luchaba por demostrarle su amor infinito, Kevin esperaba las oportunidades para mortificarla, sonriendo con placer cuando lograba herirla.

Termina la llamada y, con un suspiro, apoya la cabeza en el respaldo de la silla cerrando los ojos. Está agotada. No es sólo el trabajo; su mente insiste en pensar en el extraño paquete que llegó hace dos días para su hijo: cinco candados en forma de U para asegurar las bicicletas cuando se dejan en la calle. Al preguntarle para qué los quería, Kevin respondió con fastidio que los alquilaría a sus compañeros del instituto. Ella sabe que miente, pero no logra dar con una explicación mejor.

Tocan a la puerta con urgencia y entra la secretaria de Shyla, su rostro denota claramente preocupación. Le dice que mientras estaba ocupada al teléfono ha recibido otra llamada del colegio de Kevin. Parece que ha sucedido algo grave y necesitan que se acerque cuanto antes. No dicen nada más, y la intriga es suficiente para alarmarla. Con el corazón acelerado por la certidumbre de que algo va mal, se pone en pie de un tirón y sale rápidamente hacia su coche.

Durante el trayecto intenta calmarse. De nada le sirve hacer conjeturas si no sabe qué ha sucedido. Respira profundo y siente sus manos frías apretando fuertemente el volante. Cuando está a sólo dos cuadras del instituto puede ver las luces rojas y azules de varias patrullas de policía, un par de ambulancias que esperan en la esquina junto al camión de bomberos y un numeroso grupo de personas que rodean la entrada al gimnasio del instituto.

Disminuye la velocidad y consigue aparcar. Baja del coche con los ojos muy abiertos, expectantes y atemorizados. Camina apresuradamente entre la multitud hacia las puertas dobles del gimnasio. Identifica entre las personas los rostros de algunos compañeros y profesores de Kevin, así como las de los pocos padres que ha conocido, todos confundidos, alarmados. Se detiene de pronto cuando sus ojos se topan con algo familiar: un candado en forma de U que mantiene cerradas las puertas del gimnasio y no permite el acceso de nadie al interior del recinto. El mismo que vio hace un par de días en la sala de su casa. Se lleva las manos a la boca casi al mismo tiempo que los bomberos logran romper el metal con la cizalla y abrir las puertas.

Del gimnasio sale caminando tranquilamente Kevin. Lleva la ropa, los brazos y el rostro salpicados de sangre y sostiene una pistola en su mano izquierda. No le intimida la policía ni sus armas, mucho menos los gritos desesperados de la multitud que se reúne a las puertas del gimnasio. Sonríe, como si el horror en las voces de las personas fuesen vítores por lo que ha hecho. Con resolución, lanza la pistola al suelo junto al oficial más cercano a él, se pone de rodillas y levanta las manos. La policía logra apresarle y llevarlo hasta una patrulla.

Shyla siente que el tiempo se ha detenido, que está presenciando el acto final de una obra de teatro en la que ella es público y no protagonista. Sólo es consciente de las miradas acusadoras que muchas personas a su alrededor le dirigen a ella, y se siente incapaz de reaccionar. Pero la tensión del ambiente no se compara a la crueldad que descubre en los ojos de Kevin cuando hacen contacto con los suyos. Como si de una película de terror se tratara, desde la patrulla, éste le dedica una terrible sonrisa llena de perversa satisfacción.

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