La vida de Laura estaba dividida en dos realidades: la que mostraba al mundo y la que reservaba para ella en su soledad. Pero un evento trágico la llevó a cambiar su curso de forma radical, la obligó a reinventarse y a retomar su pasión, por tanto tiempo escondida y casi olvidada. Porque nunca es tarde para encontrar el camino a un sueño.


Sentada en uno de los pocos asientos libres del metro, Laura iba pensando en el lugar al que se dirigía. Llevaba puesto su mejor traje de negocios, un conjunto negro con camisa rosa, sus zapatos de tacón bajo y su cartera de piel negra que sostenía con más fuerza de la necesaria sobre su regazo. Sólo sus manos, ligeramente temblorosas, mostraban la tensión experimentada que crecía con cada estación que el tren iba dejando atrás. Laura consultaba su reloj frecuentemente, como si al mirarlo pudiese aminorar el paso del tiempo. Cuando no hacía gestos nerviosos o miraba a las personas que la acompañaban en el vagón, se perdía en sus recuerdos, los mismos que la despertaban por la noche y le dejaban un regusto agrio en el corazón.

Laura creció en una familia que, para los estándares modernos, se podría considerar funcional. Su infancia transcurrió entre estudios, diversión y tiempo compartido con sus numerosas amistades. Desde pequeña le inculcaron la responsabilidad, el compromiso y una ambición que sus padres alimentaban con habilidad porque la consideraban sana, pero que ella temía en silencio. Lo hacía porque sabía, en su corazón, que la llevaban hacia un camino muy distinto al que ella soñaba a solas en su habitación. Sus padres esperaban una hija que se convirtiera en una mujer de negocios exitosa, tal como lo habían sido su padre y su abuelo; ella quería ser una artista de vanguardia que, con trazos y colores, le cambiara la vida a sus admiradores anónimos.

Así, mientras en público Laura estudiaba y se esforzaba por complacer a sus padres, a escondidas pintaba en grandes cuadernos que guardaba bajo el colchón de su cama. Si de pequeña sufrió por sentirse incomprendida, con el tiempo aprendió a pretender que sus aficiones artísticas habían quedado reducidas a la decisión sobre el color de las paredes de su habitación o a las combinaciones armoniosas de su ropa, desarrollando una destreza sorprendente para manejar una doble realidad, la que conocía el mundo y la que reservaba para ella.

Laura creció bajo la rígida sombra de su familia, como un animal que complace los deseos de sus amos y cumple las expectativas de quienes le entrenan. Sabía varios idiomas, era una estudiante modelo con experiencia profesional incluso antes de graduarse y realizaba numerosas actividades de voluntariado que hablaban de su calidad humana y abultaban su muy bien labrado currículo. En secreto, Laura creaba mundos coloridos de objetos conocidos que, cual Picasso, distorsionaba a su gusto para hacerlos únicos, diferentes, ellos mismos.

La importante trayectoria que mostraba Laura en su hoja de vida le abría las puertas de las firmas más conocidas de negocios y todos tenían sus ojos puestos en ella. Recibía tantas peticiones de trabajo como de pretendientes, pero ella siempre se decidía por la tranquilidad de un trabajo estable y de su espacio personal privado. Por compañía tenía dos gatos siameses, los únicos que no le exigían regalos de aniversario o salidas a cenar, y que nunca expondrían su secreto artístico.

Toda su vida, hasta entonces exitosa y en apariencia perfecta, cambió de la noche a la mañana. En un año, Laura dilapidó su fortuna intentando recuperar a sus padres, quienes había sufrido un terrible accidente aéreo del que jamás se supo nada y para el cual nadie tenía una explicación. Ella estaba convencida de que habían sobrevivido y que sólo era cuestión de tiempo para dar con ellos, pero fue inútil, habían desaparecido sin dejar rastro. Sumida en la desesperación y el desánimo, Laura contrató a los mejores investigadores y abandonó el trabajo para dedicarse, en cuerpo y alma, a encontrarles. Un año después del accidente, viviendo en un modesto piso céntrico y con los pocos ahorros que le quedaban, Laura decidió detener la infructuosa investigación y retomar su vida, sola y sin ellos.

El problema era que el mundo hasta entonces conocido por Laura había cambiado, la burbuja en la que vivía se había roto y ahora tenía que enfrentarse a la realidad. El mercado de trabajo se había vuelto extremadamente competitivo y las empresas que antes se peleaban por ella ahora contrataban personas con menor experiencia para realizar las mismas funciones por un menor precio. El estilo de vida cuando las finanzas no son holgadas, teniendo que contar cada centavo para poder cumplir con los compromisos y no vivir en la calle o morir de hambre, era tan duro que amenazaba con destruirla por dentro. Los sueños, si no se persiguen, terminan formando parte de los recuerdos y del anhelo, cada vez más ahogado, que acompaña y no abandona, enterrado en la memoria y sustituido por las responsabilidades de la vida.

La soledad que la abrazaba cada día desde que se quedó sin sus padres le endureció el corazón, le hizo mirar el mundo con otros ojos y le dio la fortaleza que necesitaba para enfrentar su casi precaria situación. Pero también le otorgó una especie de libertad que no había experimentado jamás, soltando las amarras que por tantos años la habían mantenido fija en un camino que no había elegido y que la llevaba, inevitablemente, al fracaso. Y es que las cosas impuestas terminan por agotar el espíritu y frustrar a quien las soporta.

Un día lluvioso y oscuro, Laura había despertado con la convicción de que debía retomar sus pinturas y sus lienzos, que con ellos lograría darle forma a la turbulenta nube de sentimientos que la atormentaban en su interior. Desde entonces, Laura pintaría sin parar, dejando fluir el talento que por tanto tiempo había estado reprimido, y en su corazón sentía renacer la alegría y la ilusión. Comenzó a exponer sus pinturas en la calle, con la esperanza de que los transeúntes se interesaran por su arte y al menos la motivaran, con halagos o dinero, a continuar alimentando su verdadera pasión.

Fue allí, en su exposición urbana, donde conoció a Jaime, un coleccionista de arte moderno que quedó impactado con el talento de la chica y pidió conocer el resto de sus obras. Laura, con su formas educadas y profesionales, terminó de impresionarlo y decidió darle una oportunidad en su galería personal, donde sus clientes podrían apreciar el don de la novel artista.

Ese día Laura, con el único traje negro que aun conservaba y su cartera de piel, se dirigía al que podría ser el mejor de su vida. La galería de Jaime quedaba a solo dos paradas del tren y la ansiedad le hacía cosquillas en el estómago. En su mente, temía que sus padres siempre hubieran tenido razón y que ella estuviera apostado por un camino que la llevaba directo al precipicio; en su corazón, sabía que esto era lo correcto para ella. No tenía nada que perder y mucho que ganar, había pospuesto sus sueños persiguiendo las ambiciones de sus padres y eso se había disuelto en un abrir y cerrar de ojos. Ahora sólo quedaba ella y, si quería ser dueña de su vida, tenía que arriesgar en su favor.

El tren se detuvo en la parada. Se abrieron las puertas y Laura, con la cabeza alta y confiando en su decisión, dio el primer paso hacia su verdadero destino.


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